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TU CUERPO: HOGAR, MOTOR Y COMPAÑERO

Que yo recuerde, desde los 7 años, sentí la necesidad de moverme no solo con un fin locomotor, sino con un objetivo creativo y lúdico. Más tarde, comprendí que, además, en ese movimiento había todo un potencial de comunicación y expresividad que encontraba en el cuerpo su mejor canal de liberación.

Hoy constato que el cuerpo (el mío, el tuyo y el de cualquiera) es recipiente, es vehículo y es acompañante.

Recipiente y hogar: en tanto que recibe y se impregna de todos los estímulos externos y los va acumulando en forma de pequeñas huellas, a menudo imperceptibles, que quedan marcadas para siempre en nuestros poros. Y aquí hablo tanto de lo que comemos, lo que olemos y lo que vemos como, por supuesto, de lo que sentimos física o emocionalmente. El cuerpo se convierte en contenedor de impactos y es dentro de él que nuestra identidad se va formando, golpeada o acariciada por estos imputs que llegan de afuera. Poco a poco, vamos construyendo la casita de nuestra alma, armada a base de nuestras experiencias vitales. Tu cuerpo es casa, es tuyo y es único.

Vehículo y motor: porque es a través del cuerpo que nos comunicamos, tanto verbal como no verbalmente. El cuerpo es el que transporta la información de nuestras emociones y las convierte en la fuente de nuestro estado de ánimo. No en vano, cuando uno tiene un mal día y decide hacer ejercicio o hace vibrar el cuerpo de cualquier manera posible, termina transformando su humor y despertando emociones distintas. Por nuestro cuerpo corren todos los datos que captamos del exterior: un olor que te transporta, una música que te despierta, unas palabras que te duelen. Y a partir de esos datos se va trazando nuestro comportamiento y nuestra actitud. Y ahí está nuestra mejor arma para aflojar tensiones y ansiedades que no logramos aliviar con el discurso mental: el movimiento consciente obliga a que toda esta información acumulada se recoloque y se canalice como energía creativa.

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Acompañante y compañero: una de los aprendizajes más difíciles de asumir conforme vamos creciendo es la certeza de que, más allá de las compañías externas, en esta vida estamos solos. Y no desde un punto de vista negativo, pero sí realista. Una vez que tomamos conciencia de ello, es inevitable llevar la mirada a lo que siempre ha sido tuyo y siempre te acompañará: tu cuerpo. Tus arrugas, tus heridas, tus pecas, tu intestino delgado… todo ese saco de fluidos y órganos está contigo desde el minuto cero, luchando por sobrevivir y superar diferentes obstáculos. Está ahí incluso cuando te empeñas en machacarlo y maltratarlo, cuando dejas de cuidarlo, cuando lo das por hecho. Y como os necesitáis mutuamente, él se encarga de mandarte mensajes para recordarte que sois uno y que todo lo que hagas en tu vida debe tenerle en cuenta a él. Que si no, aparecerán las contracturas, los dolores de cabeza, las enfermedades y los accidentes. Por eso, la relación con el propio cuerpo ha de ser de amor incondicional, amistad, complicidad y respeto. Solo así viviréis felices y comeréis perdices.

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