Ayer tuve la suerte de que me invitasen a ver la obra de Sisme Creatiu en el SAT!. Una pieza que, según tengo entendido, es el resultado de dos años de trabajo de investigación actoral y arteterapéutica alrededor de un tema que nos afecta a todos, con más o menos intensidad: la violencia estética. Cos Caníbal se titula la obra y no me puede parecer más acertada la metáfora, porque, ciertamente, se trata de una exhortación a los sentidos que revela un mensaje tan crudo como verdadero: nos estamos autoconsumiendo. Somos partícipes involuntarios (o no) de una dictadura cruel que nos enemista con nuestra única posesión real, nuestro cuerpo. Y, más allá de si deberíamos boicotear a la industria cosmética o increpar a los sanitarios que evalúan nuestro IMC, a mí lo que me despierta la obra de Joel Álvarez, con una dramaturgia excelente y una puesta en escena que demuestra que no se necesita un gran presupuesto para impresionar al espectador e incomodarlo con preguntas necesarias, a mí me obliga a fijarme en el origen de todo este tinglado, que no es otro que la palabra y el cuerpo. Porque no puedo evitar pensar que partimos de un malentendido descomunal, una mala interpretación del término “cuerpo”, de sus posibles significados e, incluso, de su significante.
La primera acepción de la RAE lo define como Conjunto de la materia orgánica que constituye un ser humano, un animal o un vegetal. Repaso las otras 12 acepciones y ninguna alude a lo que, a mí parecer, es el verdadero sentido de esta palabra. No veo ninguna referencia al cuerpo como hogar, como vehículo, como recipiente, como envoltorio, como acompañante único y fiel de vida. Y pienso que quizá ahí empieza el problema, en que hemos comprendido el cuerpo y lo hemos mirado como mera materia, como algo ajeno, algo juzgable que puede ser sometido a distintas agresiones si no cumple con ciertos requisitos o que merece recibir las consecuencias de todo aquello que no sabemos gestionar emocionalmente. Se nos ha dado vía libre y consentimiento tácito para maltratar y degradar nuestro cuerpo y, por consiguiente, el de otros, porque nadie nos ha mostrado el verdadero valor de lo que tenemos. Nadie nos enseña a abrazarnos a nosotros mismos, nadie nos explica que esta es la casa en la que vamos a vivir toda la vida y que hay que cuidarla. Pero no cuidarla con cremitas y dieta, no. Cuidarla con miradas, con caricias, con aprecio por cada forma, cada pliegue, cada bulto, cada hueso, cada pulsación, cada rugido, cada suspiro. Todo eso es nuestro. Si viésemos a alguien destruyendo su propia casa, nos escandalizaríamos y, en cambio, cada día nos atrevemos a hacer tambalear los cimientos de nuestro único hogar verdadero sin siquiera cuestionarnos por qué lo hacemos.
Como bien apuntó el propio Joel durante el coloquio post función, es prácticamente imposible hoy en día eludir el juicio al cuerpo propio o ajeno. Él propuso, de hecho, que hiciésemos la prueba y que tratásemos de pasar una sola semana sin evaluar ni un cuerpo. Y, efectivamente, lo más probable es que no seamos capaces, porque es una dinámica que hemos integrado prácticamente como filtro para interpretar el mundo y dibujarnos un mapa de lo correcto y lo incorrecto, como si nos diese cierta seguridad poder decretar que ese es gordo, esa es alta, el otro es marrón y la de al lado es coja. Y, en un mundo que se ordena a base de etiquetas, nos esforzamos porque nos asignen la menos dolorosa, injuriando nuestro propio templo e ignorando su verdadera sacralidad.
Lo que yo he aprendido gracias a la terapia del movimiento y a la Danza Primal es que este pedazo de carne, huesos, tendones, vísceras y cartílagos que habitamos es tan mágico que, a veces, asusta. Y supongo que ahí también se esconde la raíz de esta manipulación tan perversa, para que no lleguemos a descubrir el tesoro que tenemos y sigamos sintiéndonos incompletas, defectuosas, ignorantes, vacías. Para que no se nos ocurra pararnos a admirarnos y mucho menos movernos en direcciones no pautadas. Para que siempre, siempre, necesitemos ser salvadas.
